jueves, 16 de abril de 2015

Aníbal



Siempre el contacto con la piel de otro hombre, le hacía vibrar de emoción. Misma que debía suprimirse para no dar paso a riesgos mayores, que significaban un descubrirse a sí mismo. Oculto, siempre oculto tras la máscara de las buenas costumbres, Aníbal decidió salir de su apacible hogar, alejarse de su esposa, dejar atrás a los niños que corrían por la casa y daban lugar a gritos en los que él mismo se proyectaba. Gritos, un grito de libertad, un espacio para poder disfrutar los placeres prohibidos. Desnudarse. Amar… o lo más parecido que pudiera encontrar.
            Aunque las “conductas honorables” de una ciudad antigua, ejercían presión en el comportamiento de sus habitantes, aun cuando las normas morales delimitaban la concepción de una conducta intachable, a pesar de los excesos en la autoridad religiosa, siempre estaban ahí. Ellos, los hombres “solos” que necesitaban consuelo, que necesitaban un abrazo lleno de fuerza, del aroma de la virilidad que únicamente podría dar un hombre.
            Búsqueda por cuadras enteras, tan largas que sólo finalizaban tras una caminata extenuante. Un tramo que valía la pena recorrer ya que la meta era sinónimo de placer. Cruzar la plaza, en medio de miradas lascivas que revisaban de manera discreta en una fracción de segundo. Miradas que pretendían asegurar la calidad de la víctima a devorar. Nada, nada valía la pena. Aníbal decidió ir a los baños turcos. Otra travesía. Más ojos que indagaban el destino de aquel ser solitario. Un viajero local que a pesar de su baja estatura representaba la extraña belleza que sólo poseen los habitantes de una lejana ciudad del sureste.
            La gente se alejaba más y más. A cada paso se sentía temeroso, ansioso ante la incertidumbre de lo desconocido, de encontrarse trofeos, de decepcionarse ante la nula clientela de aquel sitio. Por años mantenido con dinero hecho a base de negocios “limpios” pero que significaba un esfuerzo para sus dueños. Regentear mancebos llenos de gallardía y virilidad comprobable. Eterno placer de ancianos que se negaban a sí mismos y a su propia senectud. Parroquianos de todo tipo, personajes de la política, artistas olvidados, escritorzuelos. Casa visitada por obreros, hombres que llegaban al límite de sus esfuerzos y por lo mismo demostraban las callosidades propias de una agotadora y asfixiante labor. Un mar de colores, olores, sabores para disfrutar en una apartada casa del centro. La triste fachada de la discreción y marginación moral.
            Aníbal sentía escapar su alma, la norma que lo encerraba en ese espacio angosto y angustiante desaparecía como por arte de magia. Ahora no era más que uno más. Se convertía en un ente más, que sólo buscaba un poco de comprensión, un poco de amor de sus iguales. A veces sólo se necesitaba un empujón. Y ahí conoció a muchos y muchos le conocieron. Le poseyeron. Les poseyó. Y todo en un ciclo rítmico de eróticos vaivenes que despedían aromas de pecado y sensualidad. De un sabor agridulce que Aníbal disfrutaba sobremanera.
            Tras los muros de antiguos edificios se esconden miradas, deseos, entes cuyas entrañas parecen arder con las ansias de pecar, de romper reglas. Una ciudad llena de pecado y deseos, pero todos cubiertos por una máscara de oscura rectitud. Aún a sabiendas de que sus pilares se convierten en protagonistas anónimos de una bacanal moralina, que los convierte en partícipes de un ciclo actos que hieren, desangran, sufren y al mismo tiempo se deleitan mirando sufrir a sus víctimas laceradas, como Aníbal. Como el empresario magnánimo que  disfruta de las miradas lascivas y violentas de una pasión encarnada en los hombres.


Retomando el ejercicio de la escritura

Después de más de poco más de año y medio decido retomar la publicación en el presente espacio. En las entradas siguientes expondré algunos ejercicios creativos, que en realidad son pocos pero que me han permitido experimentar con la narrativa. Si bien es cierto, cuento con otro espacio en la red en los cuales colgué algunos escritos, he decidido regresar a lo básico. Sin más procedo a la exposición
de los mismos.