Siempre
el contacto con la piel de otro hombre, le hacía vibrar de emoción. Misma que
debía suprimirse para no dar paso a riesgos mayores, que significaban un
descubrirse a sí mismo. Oculto, siempre oculto tras la máscara de las buenas
costumbres, Aníbal decidió salir de su apacible hogar, alejarse de su esposa,
dejar atrás a los niños que corrían por la casa y daban lugar a gritos en los
que él mismo se proyectaba. Gritos, un grito de libertad, un espacio para poder
disfrutar los placeres prohibidos. Desnudarse. Amar… o lo más parecido que
pudiera encontrar.
Aunque las “conductas honorables” de
una ciudad antigua, ejercían presión en el comportamiento de sus habitantes,
aun cuando las normas morales delimitaban la concepción de una conducta
intachable, a pesar de los excesos en la autoridad religiosa, siempre estaban
ahí. Ellos, los hombres “solos” que necesitaban consuelo, que necesitaban un
abrazo lleno de fuerza, del aroma de la virilidad que únicamente podría dar un
hombre.
Búsqueda por cuadras enteras, tan
largas que sólo finalizaban tras una caminata extenuante. Un tramo que valía la
pena recorrer ya que la meta era sinónimo de placer. Cruzar la plaza, en medio
de miradas lascivas que revisaban de manera discreta en una fracción de
segundo. Miradas que pretendían asegurar la calidad de la víctima a devorar.
Nada, nada valía la pena. Aníbal decidió ir a los baños turcos. Otra travesía.
Más ojos que indagaban el destino de aquel ser solitario. Un viajero local que
a pesar de su baja estatura representaba la extraña belleza que sólo poseen los
habitantes de una lejana ciudad del sureste.
La gente se alejaba más y más. A
cada paso se sentía temeroso, ansioso ante la incertidumbre de lo desconocido,
de encontrarse trofeos, de decepcionarse ante la nula clientela de aquel sitio.
Por años mantenido con dinero hecho a base de negocios “limpios” pero que
significaba un esfuerzo para sus dueños. Regentear mancebos llenos de gallardía
y virilidad comprobable. Eterno placer de ancianos que se negaban a sí mismos y
a su propia senectud. Parroquianos de todo tipo, personajes de la política,
artistas olvidados, escritorzuelos. Casa visitada por obreros, hombres que
llegaban al límite de sus esfuerzos y por lo mismo demostraban las callosidades
propias de una agotadora y asfixiante labor. Un mar de colores, olores, sabores
para disfrutar en una apartada casa del centro. La triste fachada de la
discreción y marginación moral.
Aníbal sentía escapar su alma, la
norma que lo encerraba en ese espacio angosto y angustiante desaparecía como
por arte de magia. Ahora no era más que uno más. Se convertía en un ente más,
que sólo buscaba un poco de comprensión, un poco de amor de sus iguales. A
veces sólo se necesitaba un empujón. Y ahí conoció a muchos y muchos le
conocieron. Le poseyeron. Les poseyó. Y todo en un ciclo rítmico de eróticos
vaivenes que despedían aromas de pecado y sensualidad. De un sabor agridulce
que Aníbal disfrutaba sobremanera.
Tras los muros de antiguos edificios
se esconden miradas, deseos, entes cuyas entrañas parecen arder con las ansias
de pecar, de romper reglas. Una ciudad llena de pecado y deseos, pero todos
cubiertos por una máscara de oscura rectitud. Aún a sabiendas de que sus
pilares se convierten en protagonistas anónimos de una bacanal moralina, que
los convierte en partícipes de un ciclo actos que hieren, desangran, sufren y
al mismo tiempo se deleitan mirando sufrir a sus víctimas laceradas, como
Aníbal. Como el empresario magnánimo que disfruta de las miradas lascivas y violentas
de una pasión encarnada en los hombres.
